Lo que no calla

Huellas del abuso sexual infantil

Autores: Claudia Fernández, Élida E. Fernández, Haydée Rovensky, Juana Gutman, Virginia Zunino

Editorial Lugar

 

Págs 226  23x16 cm  2026

 

¿Por qué ocuparnos de las consecuencias en los adultos que han sido víctimas de abuso sexual siendo niños, niñas y adolescentes?

Se podría argumentar que los psicoanalistas estamos abiertos a escuchar lo que el sujeto que nos consulta esté dispuesto a decirnos, sin subrayar nada: atención flotante, abstinencia.

Sin embargo, escuchamos de acuerdo a nuestro esquema cultural, social y económico, que determina nuestra manera de pensar.

En nuestro país, en los servicios de salud mental, los profesionales a veces escuchan el abuso como un dato intrascendente y lo dejan pasar como una costumbre que ocurre de generación en generación. Está banalizado.

A veces nuestra fascinación por determinado autor hace que trabajemos tratando de ratificar la teoría aprendida, que a su vez está determinada por las modas psicoanalíticas imperantes.

Esta es una de las causas de que el abuso vivido generalmente no se escuche, o sea, rápidamente subsumido a alguna teoría imperante o a alguna naturalización que lo hace obvio.

Si bien actualmente el avance del derecho y la legislación han incorporado a lo público lo que antes se consideraba privado, sigue siendo muchas veces inaudible para algunos psicoanalistas. Y, por lo tanto, ratifica el silencio para los analizantes.

Para nuestra cultura, edificada sobre la base de la prohibición del incesto, este delito se vuelve siniestro, ya que la mayoría de las veces es perpetrado dentro del seno familiar o dentro de los lazos de confianza del sujeto.

Es la mayor traición hacia la humanidad de cada uno. La mayor fuerza contra la subjetivación.

Como diría Schreber (1979): “un almicidio”.

LO QUE NO CALLA, HUELLAS DEL ABUSO SEXUAL.FERNANDEZ, ELIDA

$29.990
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¿Por qué ocuparnos de las consecuencias en los adultos que han sido víctimas de abuso sexual siendo niños, niñas y adolescentes?

Se podría argumentar que los psicoanalistas estamos abiertos a escuchar lo que el sujeto que nos consulta esté dispuesto a decirnos, sin subrayar nada: atención flotante, abstinencia.

Sin embargo, escuchamos de acuerdo a nuestro esquema cultural, social y económico, que determina nuestra manera de pensar.

En nuestro país, en los servicios de salud mental, los profesionales a veces escuchan el abuso como un dato intrascendente y lo dejan pasar como una costumbre que ocurre de generación en generación. Está banalizado.

A veces nuestra fascinación por determinado autor hace que trabajemos tratando de ratificar la teoría aprendida, que a su vez está determinada por las modas psicoanalíticas imperantes.

Esta es una de las causas de que el abuso vivido generalmente no se escuche, o sea, rápidamente subsumido a alguna teoría imperante o a alguna naturalización que lo hace obvio.

Si bien actualmente el avance del derecho y la legislación han incorporado a lo público lo que antes se consideraba privado, sigue siendo muchas veces inaudible para algunos psicoanalistas. Y, por lo tanto, ratifica el silencio para los analizantes.

Para nuestra cultura, edificada sobre la base de la prohibición del incesto, este delito se vuelve siniestro, ya que la mayoría de las veces es perpetrado dentro del seno familiar o dentro de los lazos de confianza del sujeto.

Es la mayor traición hacia la humanidad de cada uno. La mayor fuerza contra la subjetivación.

Como diría Schreber (1979): “un almicidio”.