Matan a un niño

Ensayo sobre el narcisismo primario y la pulsión de muerte

Serge Leclaire

Editorial Amorrortu

Págs. 144  - 11 x 20 cm. 2da. edición 

La práctica psicoanalítica revela el trabajo constante de una fuerza de muerte: la que consiste en matar al niño maravilloso que de generación en generación atestigua los sueños y deseos de los padres. Nostalgia de la mirada materna, que lo ha convertido en un sumo esplendor; imagen resplandeciente del niño-rey. No hay vida sin pagar el precio del asesinato de esa extraña imagen primera. Asesinato no por irrealizable menos necesario: en él se inscribe el nacimiento de todos.

Para cada cual siempre hay un niño a quien matar; el duelo, que se ha de rehacer continuamente, de una representación de plenitud, de goce inmóvil: quien no hace el duelo del niño maravilloso que habría sido, permanece en los limbos de una espera desesperanzada.

Ningún orden, familiar o social, puede eximirnos de nuestra propia muerte, no sólo la segunda inexorable, sino la primera, la que vivimos cotidianamente, la del niño maravilloso (o terrorífico) que hemos sido en los sueños de quienes nos han hecho nacer.

MATAN A UN NIÑO. ENSAYO SOBRE EL NARCISISMO.LECLAIRE,SERGE

$18.520
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Matan a un niño

Ensayo sobre el narcisismo primario y la pulsión de muerte

Serge Leclaire

Editorial Amorrortu

Págs. 144  - 11 x 20 cm. 2da. edición 

La práctica psicoanalítica revela el trabajo constante de una fuerza de muerte: la que consiste en matar al niño maravilloso que de generación en generación atestigua los sueños y deseos de los padres. Nostalgia de la mirada materna, que lo ha convertido en un sumo esplendor; imagen resplandeciente del niño-rey. No hay vida sin pagar el precio del asesinato de esa extraña imagen primera. Asesinato no por irrealizable menos necesario: en él se inscribe el nacimiento de todos.

Para cada cual siempre hay un niño a quien matar; el duelo, que se ha de rehacer continuamente, de una representación de plenitud, de goce inmóvil: quien no hace el duelo del niño maravilloso que habría sido, permanece en los limbos de una espera desesperanzada.

Ningún orden, familiar o social, puede eximirnos de nuestra propia muerte, no sólo la segunda inexorable, sino la primera, la que vivimos cotidianamente, la del niño maravilloso (o terrorífico) que hemos sido en los sueños de quienes nos han hecho nacer.