LACAN LECTOR DE JOYCE. Colette Soler
Traducción de Rithée Cevasco y Jorge Chapuis. Ed. S & P

El único "caso" donde Lacan utiliza su herramienta borromea para describirlo.
Joyce escribe para la eternidad, para que la lengua inglesa nunca más vuelva a ser lo que fue, «trufando» su escritura con múltiples enigmas que las joyceanos ocuparán su vida en descifrar.
¿Por qué Jacques Lacan se interesa por el amo del sinsentido, por el artista que escribe destrozando la lengua de la que se sirve? Dice C. Soler: «Suele suceder que los psicoanalistas se inclinen ante el artista. Lacan mismo lo hizo ante Marguerite Duras cuando afirma que por lo general, debiéramos dejarnos inseminar por el artista, pero con Joyce se trata de algo muy diferente. Lacan no admira su obra y no lo oculta. Los poemas de Joyce no le convencen del todo, así lo dice, y concuerda con un crítico que juzga agotador a Finnegans Wake. Lacan precisa que cansa porque no suscita simpatía, porque no despierta ecos en nuestro inconsciente. Inevitablemente esto plantea la pregunta de por qué se lo lee. Si bien no admira al escritor, en cambio Lacan admira al caso y más precisamente lo que Joyce, gracias a su arte, ha conseguido hacer con su vida dadas las coordenadas de su nacimiento. Todo esto le permite precisamente nombrarlo como ‘Joyce, el síntoma’. Freud reconoció a los artistas como precursores del psicoanálisis, y vio en los textos literarios una oportunidad para poner a prueba el método analítico. Consideró que la elaboración del escritor es homóloga a la del analizante que intenta decir su verdad, una verdad que debe interpretarse puesto que sólo puede medio-decirse. Resulta entonces que cuando el neurótico narra su historia familiar, cosa que no deja nunca de hacer en un análisis, pareciera que copie las fábulas. [...] Lacan invirtió la perspectiva freudiana sobre este punto: no aplica la interpretación analítica a la literatura. [...] La obra de arte resiste a la interpretación tanto como conduce a ella, permaneciendo siempre abierta a revisión por lecturas con las que tanto se complace la historia literaria, pero que aún así sobrevive por fuera de tales lecturas. Entre su sentido y su existencia, no hay patrón de medida común. Del lado de su producción siempre permanece un enigma subordinado a un saber-hacer que no se interpreta. Podría hacer un pastiche del Lacan de L’étourdit –cuando distingue lo que se dice, la verdad de los dichos, su sentido y el acto de proferirlos– y decir: que se escriba queda olvidado tras lo que se escribe. Vale decir que leer una obra como mensaje nada dice del acto que pone en práctica el saber-hacer que la produce, ni de los efectos de ese acto. No se trata de una interpretación de la obra joyceana, es un diagnóstico original sobre el artífice. Se trata del diagnóstico de una singularidad, todo lo contrario de una tipología. Diagnóstico de una diferencia absoluta, único digno de un psicoanalista.»
Lacan consigue con el caso Joyce, probar su salto más allá del Edipo freudiano en la última época de su enseñanza. Colette Soler logra en este libro esclarecernos ese audaz viraje en el psicoanálisis que pivota sobre la cuestión del sentido, conduciéndonos por los desarrollos lacanianos incluido el nudo borromeo. James Joyce, es el caso que Lacan ha interrogado en varios escritos y durante un año entero en su seminario conocido como El sinthome.
C. Soler, formada por el propio Lacan, nos recuerda la pregunta crucial: ¿Acaso Joyce estaba loco? La pregunta proviene menos de los psicoanalistas que de los lectores de Joyce. Acaso Finnegans Wake, la obra final, incomprensible, cerrada sobre sí misma, como una serpiente que se muerde la cola, indescifrable y caótica, escrita en una lengua que podría no llamarse inglés, ¿no sería la obra de un loco?
Joyce cuenta, entre otras, con la particularidad de alcanzar la ilegibilidad. Este aspecto, crucial para la critica literaria, se muestra en este libro analizando la subjetividad de un autor que lo conducen desde una obra autoreferencial, cuasi autobiográfica y legible hasta una ilegibilidad subversiva.
C. Soler no solo nos entrega una lectura del Lacan que lee a Joyce. Siguiendo sus pasos, elabora el caso Joyce ajustándolo más alla de Lacan sin contradecirlo. Interroga sobretodo sus primeros escritos cuasi autobiográficos. Retrato del artista adolescente (1916), el primer texto publicado por Joyce, donde Lacan lee la escena que establece su singularidad. El ensayo previo, rechazado por la revista Dana, llamado A Portrait of the Artist que escribe de una sentada (el 7 de enero de 1904), donde vuelca sus ideas sobre el arte y el artista. La novela autobiográfica Sthephen Hero, que constaba con unas 1000 páginas cuando Joyce la deja de lado para escribir A Portrait of the Artist as a Young Man, y cuyo manuscrito fue rescatado de una chimenea por su hermana Eileen. La correspondencia de Joyce registra su odio a Roma y Soler no retrocede ante ese interrogante: «Si Freud no rehuyó admitir que su amor por Roma reclamaba una interpretación, también debe de haber alguna para el odio de Joyce.»
Desde luego, este libro singular interesa mucho a los psicoanalistas, cualquiera sea la corriente a la que adhieran, pero también a los lectores de Joyce y a los especialistas que podrán encontrar una mirada distinta a los estudios críticos literarios que otorga un lugar tan especial a la relación de la obra con su autor.

Jorge Chapuis, psicoanalista, editor S&P.
 

LACAN LECTOR DE JOYCE.SOLER, COLETTE

$49.900
LACAN LECTOR DE JOYCE.SOLER, COLETTE $49.900
Entregas para el CP:

Medios de envío

  • Librería Paidós Su compra podrá ser retirada cuando la orden de compra diga "Listo para retirar". Retiros en Local. Galería Las Heras. Av. Scalabrini Ortiz 3036 - Horario de Lunes a Viernes de 10,30 a 17 hs. Estamos cerrados Sábados, Domingos y Feriados.

    Gratis
Compra protegida
Tus datos cuidados durante toda la compra.
Cambios y devoluciones
Si no te gusta, podés cambiarlo por otro o devolverlo.

LACAN LECTOR DE JOYCE. Colette Soler
Traducción de Rithée Cevasco y Jorge Chapuis. Ed. S & P

El único "caso" donde Lacan utiliza su herramienta borromea para describirlo.
Joyce escribe para la eternidad, para que la lengua inglesa nunca más vuelva a ser lo que fue, «trufando» su escritura con múltiples enigmas que las joyceanos ocuparán su vida en descifrar.
¿Por qué Jacques Lacan se interesa por el amo del sinsentido, por el artista que escribe destrozando la lengua de la que se sirve? Dice C. Soler: «Suele suceder que los psicoanalistas se inclinen ante el artista. Lacan mismo lo hizo ante Marguerite Duras cuando afirma que por lo general, debiéramos dejarnos inseminar por el artista, pero con Joyce se trata de algo muy diferente. Lacan no admira su obra y no lo oculta. Los poemas de Joyce no le convencen del todo, así lo dice, y concuerda con un crítico que juzga agotador a Finnegans Wake. Lacan precisa que cansa porque no suscita simpatía, porque no despierta ecos en nuestro inconsciente. Inevitablemente esto plantea la pregunta de por qué se lo lee. Si bien no admira al escritor, en cambio Lacan admira al caso y más precisamente lo que Joyce, gracias a su arte, ha conseguido hacer con su vida dadas las coordenadas de su nacimiento. Todo esto le permite precisamente nombrarlo como ‘Joyce, el síntoma’. Freud reconoció a los artistas como precursores del psicoanálisis, y vio en los textos literarios una oportunidad para poner a prueba el método analítico. Consideró que la elaboración del escritor es homóloga a la del analizante que intenta decir su verdad, una verdad que debe interpretarse puesto que sólo puede medio-decirse. Resulta entonces que cuando el neurótico narra su historia familiar, cosa que no deja nunca de hacer en un análisis, pareciera que copie las fábulas. [...] Lacan invirtió la perspectiva freudiana sobre este punto: no aplica la interpretación analítica a la literatura. [...] La obra de arte resiste a la interpretación tanto como conduce a ella, permaneciendo siempre abierta a revisión por lecturas con las que tanto se complace la historia literaria, pero que aún así sobrevive por fuera de tales lecturas. Entre su sentido y su existencia, no hay patrón de medida común. Del lado de su producción siempre permanece un enigma subordinado a un saber-hacer que no se interpreta. Podría hacer un pastiche del Lacan de L’étourdit –cuando distingue lo que se dice, la verdad de los dichos, su sentido y el acto de proferirlos– y decir: que se escriba queda olvidado tras lo que se escribe. Vale decir que leer una obra como mensaje nada dice del acto que pone en práctica el saber-hacer que la produce, ni de los efectos de ese acto. No se trata de una interpretación de la obra joyceana, es un diagnóstico original sobre el artífice. Se trata del diagnóstico de una singularidad, todo lo contrario de una tipología. Diagnóstico de una diferencia absoluta, único digno de un psicoanalista.»
Lacan consigue con el caso Joyce, probar su salto más allá del Edipo freudiano en la última época de su enseñanza. Colette Soler logra en este libro esclarecernos ese audaz viraje en el psicoanálisis que pivota sobre la cuestión del sentido, conduciéndonos por los desarrollos lacanianos incluido el nudo borromeo. James Joyce, es el caso que Lacan ha interrogado en varios escritos y durante un año entero en su seminario conocido como El sinthome.
C. Soler, formada por el propio Lacan, nos recuerda la pregunta crucial: ¿Acaso Joyce estaba loco? La pregunta proviene menos de los psicoanalistas que de los lectores de Joyce. Acaso Finnegans Wake, la obra final, incomprensible, cerrada sobre sí misma, como una serpiente que se muerde la cola, indescifrable y caótica, escrita en una lengua que podría no llamarse inglés, ¿no sería la obra de un loco?
Joyce cuenta, entre otras, con la particularidad de alcanzar la ilegibilidad. Este aspecto, crucial para la critica literaria, se muestra en este libro analizando la subjetividad de un autor que lo conducen desde una obra autoreferencial, cuasi autobiográfica y legible hasta una ilegibilidad subversiva.
C. Soler no solo nos entrega una lectura del Lacan que lee a Joyce. Siguiendo sus pasos, elabora el caso Joyce ajustándolo más alla de Lacan sin contradecirlo. Interroga sobretodo sus primeros escritos cuasi autobiográficos. Retrato del artista adolescente (1916), el primer texto publicado por Joyce, donde Lacan lee la escena que establece su singularidad. El ensayo previo, rechazado por la revista Dana, llamado A Portrait of the Artist que escribe de una sentada (el 7 de enero de 1904), donde vuelca sus ideas sobre el arte y el artista. La novela autobiográfica Sthephen Hero, que constaba con unas 1000 páginas cuando Joyce la deja de lado para escribir A Portrait of the Artist as a Young Man, y cuyo manuscrito fue rescatado de una chimenea por su hermana Eileen. La correspondencia de Joyce registra su odio a Roma y Soler no retrocede ante ese interrogante: «Si Freud no rehuyó admitir que su amor por Roma reclamaba una interpretación, también debe de haber alguna para el odio de Joyce.»
Desde luego, este libro singular interesa mucho a los psicoanalistas, cualquiera sea la corriente a la que adhieran, pero también a los lectores de Joyce y a los especialistas que podrán encontrar una mirada distinta a los estudios críticos literarios que otorga un lugar tan especial a la relación de la obra con su autor.

Jorge Chapuis, psicoanalista, editor S&P.