MAL EN TIEMPOS DE CINE.

DVOSKIN, HUGO

Editorial Letra Viva

Págs 220 - 2026

 

En El mal en tiempos de cine, Hugo Dvoskin se atreve, más de sesenta años después de que Hannah Arendt propusiera la noción de la banalidad del mal, a poner en duda esa idea. Afirma que el mal, en cualquiera de sus formas —perversión, burocracia, bullying, mala fe—, nunca es banal. No lo es para quien lo padece y tampoco para quien lo ejecuta.

 

La idea de que alguien pueda hacer el mal sin saber lo que hace, sin involucrarse, por pura obediencia o ceguera, constituye un peligroso salvoconducto que otorga al verdugo una coartada moral, y aún peor: filosófica. Lo presenta como un engranaje, un simple ejecutor sin deseo ni intención. Pero ¿acaso matar, excluir, torturar o delatar son actos vacíos de sentido? ¿Acaso quien los lleva a cabo no conoce sus consecuencias? Y, si no las conociera, ¿acaso esa ignorancia es absolutoria?

 

El mal no ocurre solo. Siempre hay un sujeto. Incluso cuando dice obedecer, incluso cuando se escuda en una norma, hay allí una decisión. No es una pieza ciega del engranaje: es un sujeto que elige, aunque lo niegue. No sabremos qué lo mueve, pero sí que no se detiene. Y tal vez, también, goce.

 

La tesis de un mal banal es una forma higienizada de presentarlo. Dvoskin prescinde de la mirada fría, distante o pretendidamente estética y se deja alcanzar por el fuego. El mal arde en la mirada perversa de La naranja mecánica, en el bullying legitimado de Oppenheimer, en la mala fe de Historia de un matrimonio, en la pedantería cruel de El ciudadano ilustre, en la voluntad de humillar en King Richard. No hay eufemismos ni rodeos: no se trata de atenuar la responsabilidad ni de evitar el roce con la vergüenza. El mal nunca es liviano, neutro ni automático.

Quien hace el mal, sabe. Sabe, aunque no lo diga. Sabe, aunque se esconda. Sabe que lo está haciendo. Sabe.

 

MAL EN TIEMPOS DE CINE.DVOSKIN, HUGO

$28.500
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En El mal en tiempos de cine, Hugo Dvoskin se atreve, más de sesenta años después de que Hannah Arendt propusiera la noción de la banalidad del mal, a poner en duda esa idea. Afirma que el mal, en cualquiera de sus formas —perversión, burocracia, bullying, mala fe—, nunca es banal. No lo es para quien lo padece y tampoco para quien lo ejecuta.

 

La idea de que alguien pueda hacer el mal sin saber lo que hace, sin involucrarse, por pura obediencia o ceguera, constituye un peligroso salvoconducto que otorga al verdugo una coartada moral, y aún peor: filosófica. Lo presenta como un engranaje, un simple ejecutor sin deseo ni intención. Pero ¿acaso matar, excluir, torturar o delatar son actos vacíos de sentido? ¿Acaso quien los lleva a cabo no conoce sus consecuencias? Y, si no las conociera, ¿acaso esa ignorancia es absolutoria?

 

El mal no ocurre solo. Siempre hay un sujeto. Incluso cuando dice obedecer, incluso cuando se escuda en una norma, hay allí una decisión. No es una pieza ciega del engranaje: es un sujeto que elige, aunque lo niegue. No sabremos qué lo mueve, pero sí que no se detiene. Y tal vez, también, goce.

 

La tesis de un mal banal es una forma higienizada de presentarlo. Dvoskin prescinde de la mirada fría, distante o pretendidamente estética y se deja alcanzar por el fuego. El mal arde en la mirada perversa de La naranja mecánica, en el bullying legitimado de Oppenheimer, en la mala fe de Historia de un matrimonio, en la pedantería cruel de El ciudadano ilustre, en la voluntad de humillar en King Richard. No hay eufemismos ni rodeos: no se trata de atenuar la responsabilidad ni de evitar el roce con la vergüenza. El mal nunca es liviano, neutro ni automático.

Quien hace el mal, sabe. Sabe, aunque no lo diga. Sabe, aunque se esconda. Sabe que lo está haciendo. Sabe.